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Aprender a meditar en la escuela de marìa

martes, 28 de julio del 2009 a las 16:00

Un gran predicador (Fray Nelson, al que quiero, respeto y admiro) compartía en público el secreto de su buena predicación: "Dios los ama mucho, yo lo único que hago es ponerme como medio para hacer llegar el amor que Dios les tiene a ustedes; así de sencillo, como el Lago de Galilea que recibe agua del río Jordán y luego la da para que río abajo el agua corra y nutra el valle".

Un profesor de Pedagogía que daba clases en un Seminario les decía a sus alumnos -los cuales estaban ansiosos de conocer métodos y técnicas modernas de comunicación para predicar el Evangelio-: "Esos métodos y técnicas son meros instrumentos que de poco sirven si no hay en ustedes amor para dar. Pues dice la Escritura que la boca habla (predica) de lo que está lleno el corazón. Por tanto llena tu corazón de amor, amando y sirviendo mucho a Dios y al prójimo, y lo que digas llegará al corazón del que te escucha; sin menospreciar los métodos y las técnicas, lo dicho del amor es más importante. Sabemos que Dios es amor, entonces llena tu corazón de Dios para que tu boca hable lo que Dios quiere".

He aquí otro buen consejo: María Santísima es "la Morada estable de Dios Trino", es además "Transparencia de Dios". Si tienes a dulce María en el corazón, Ella que está llena de Dios, que está llena de gracia, es la fuente constante en ti que dona a Dios a los demás.
Ella siempre está acompañada por el Espíritu Santo, quien en ti se convierte en "fuente que brota para la vida eterna", y de esa misma fuente reciben los que amas en Cristo.
Ella es la misma gracia de la "transparencia", lo cual hará que Dios llegue pleno a los demás pues en nada obstaculiza la donación de la gracia, y, todo lo que recibe de bueno lo remite de inmediato a Dios para su gloria, pues con nada se queda.

Amar a María es contenerla y estar con Ella, y donde Ella está también está Dios Trino. De esta manera se trasmite el mensaje de la Buena Nueva con el gran impulso del amor de Dios, el cual llega límpido a los corazones que necesitan urgentemente el amoroso alimento. Éste es el mejor método y la mejor técnica: que la boca hable, con María en el corazón, lo que Dios quiere.

APRENDER A MEDITAR:

Cristo es el Misterio de Dios y no hay quien lo conozca mejor que su Madre, pues Ella lo lleva en sí misma y es la encargada de darlo a conocer al mundo con la santa Iglesia.

Dice la Escritura que María Santísima guardaba los Misterios y Signos de su Hijo en su corazón y los meditaba (cf. Lc 2, 19). Pues bien, el consejo sencillo para bien meditar es que des cabida a dulce María en tu corazón, para que le pidas que Ella en ti y contigo medite los Misterios de Dios. Ella que es "La Aurora de la Redención", si te participa de su amor y sus luces, hará que los Misterios aclaren tu alma, así como cuando la presencia del sol enciende de luz el día, desplazando a las tinieblas. Y si tu alma tiene amor y luz los frutos que produzca serán de amor y luz.

La Meditación por, con y en María (que es lo mismo que decir que con Cristo y su Espíritu, pues Ella es transparente), o sea su Enseñanza, su Escuela, tiene como fin comprender los proyectos del Corazón de Dios. En dichos proyectos estás implicado tú hermano querido para que seas santo y tambièn toda la Iglesia: pide a Dios te done a su Amada y pregunta con tu corazón qué es lo que Él quiere para ti y para tus hermanos... y espera confiado la respuesta.

 

La existencia del matrimonio es esencial para la humanidad

lunes, 27 de julio del 2009 a las 11:07

Si la unión estable del hombre y la mujer no hubiera existido la vida del hombre haría ya mucho tiempo que se hubiera extinguido. Todo lo que la humanidad fue construyendo lo hizo sobre el amor duradero de un varón que era varón y una mujer que era mujer.

Fuera de esto la construcción de la vida no hubiera sido posible.

Esa unión, sobre la cual se ha construido todo lo que la humanidad ha construido, tiene como una de las finalidades el de perpetuarse en el hijo.

Y ese hijo es el que más necesita para su formación psíquica y espiritual la vida estable y armónica de sus padres.

De ahí la gran importancia el que vea que sus padres se aman.

Es tanto o más importante que el quedarse solamente en darle amor. Necesita si, ser amado, pero si queremos que aprenda a amar deberá verlo hacer en sus padres.

Decía el Padre Remigio Parámio, agustino él, que para enseñar a los hijos lo que es el amor, hay una sola sílaba de diferencia. Más que amarLOS, hay que amarSE.

La fidelidad y la indisolubilidad del matrimonio es más una ley natural, que una ley divina porque es una ley necesaria para la perpetuidad de la vida.

El matrimonio es una institución destinada a perpetuarse en el tiempo, en un tiempo de vida en común para asegurarse que la prole crezca y se forme armónicamente.

Y si además crees en Dios, no puedes armar tu vida sin prestarle atención que el hombre no puede separar lo que Dios ha unido. Los creyentes, podremos muchas veces no entender a Dios, pero siempre deberé tener en cuenta lo que El me dice, aun que no lo entienda, si es que creo en Dios y María Santísima.

El matrimonio cristiano es solamente separable por la muerte de los cónyuges. Hay un concepto fundamental que hace a la unión de los esposos y este concepto es el de la fidelidad.

Es una cosa muy elemental y desgraciadamente es una de las cosas que en el matrimonio más se viola todos los días.

Tal vez sea una de las cosas que más hay que remarcar.

Estamos cansados de ver con que frecuencia la fidelidad es violada.

¿Cuantos centenares de años hace que el mundo se viene riendo de la fidelidad? Viene de allá a lo lejos y hace tiempo.

Hasta hubo una época en que la fidelidad le tocaba más que nada a la mujer, la esposa era la que debía ser fiel y existía un cierto consenso, al menos en lo popular, en lo común, de que ello no iba para el hombre.

Las actitudes infieles de los varones no eran medidas con la misma vara con que se medían las actitudes de las mujeres.

Recordemos aquel hecho evangélico de aquella mujer adúltera que iba a ser apedreada y cuando Jesús les dice que tire la primera piedra el que esté libre de pecado, no quedó ni uno.

Hoy todo el mundo habla de sexo. Todo está lleno de sexo: películas, novelas y hasta especialistas en sexo, que los llaman sexólogos.

Hoy se crece sabiendo de sexo y viendo sexo: solamente hay que prender el televisor.

En mi infancia no recuerdo haber escuchado nunca la palabra sexo.

Y el tanto hablar y ver sexo son muchos los que confunden sexo con amor.

Muchos son los que creen que el tener alguien encima es el amor.

El sexo no es el amor, es sí parte del amor, pero no es el amor.

Aquella unión que se realiza creyendo que el sexo es el amor, que el sexo es el todo, dura lo que dura la atracción sexual, y desgraciadamente la experiencia demuestra que la atracción dura hasta que estoy satisfecho.

Cuando en una pareja se llega a la satisfacción sexual por fuerza se pasa al hastío: es una cosa absolutamente inevitable.

Y esto ocurre si no hay nada más que sexo. El sexo, se quiera o no se quiera, es una cosa repetida. Una unión basada solamente en la atracción sexual termina inevitablemente en ruptura.

Y esto ocurre porque falta el amor.

Basaron su unión sobre una actitud egoísta. Lo puramente sexual es egoísta, es buscar que el otro me dé satisfacción, que el otro me sacie, me calme.

Donde el egoísmo se extingue, el amor aparece. Lo contrario del amor es el egoísmo. El egoísmo es lo que separa, es lo que nos aleja del otro.

El amor une, el amor acerca.

El amor tiene diferencias muy importantes porque lo que busca fundamentalmente es la satisfacción de la persona con que se hacen las cosas.

El amor es esencialmente un sentimiento altruista, generoso, busca siempre hacer feliz al otro, más que lo hagan feliz a uno.

Indudablemente buscar la satisfacción del otro es algo muy complejo, que exige algo más, algo más que no puede existir solamente en lo puramente sexual, en lo puramente físico.

El Padre Pedro Richards, fundador del Movimiento Familiar Cristiano, que ya goza de conocer el rostro de Dios, nos decía: El amor se divide en dos partes, cintura para arriba y cintura para abajo.

El de cintura para abajo siempre termina cayéndose, en cambio el que siempre crece y se mantiene nuevo, es el de cintura para arriba.

El camino del amor de dos que quieren hacer un solo camino es un llenar todos los días de actos, gestos, comprensiones, diálogos cálidos, miradas que saben ver en el otro la razón del porque quiere uno seguir viviendo y........contigo.

Porque vivir, todos queremos vivir: lo bello es querer seguir viviendo y....contigo.

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

Si te gustan estas reflexiones y quieres profundizar en más temas, ya están disponibles los tres primeros libros de Lydia y Salvador Casadevall aquí

El libro editado y grabaciones están también disponibles en: Tel.(54 11) 4903-6242 Fax 4737-3439

 

La escuela de marìa santìsima

lunes, 27 de julio del 2009 a las 11:00

INTRODUCCIÓN
EN EL NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO

1. Todo lo que es bueno y está en el orden de Dios, es una gracia concedida por el Espíritu Santo para que se comparta y se haga patrimonio de toda la santa Iglesia.

Querido hermano en Cristo Jesús y en María: en el seno de la santa Iglesia hoy estamos siendo invitados a formar parte de la Escuela de María Santísima; mira cómo el Espíritu Santo lo indica a través del Vicario de Cristo en la tierra: "Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la ‘escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje... una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella ‘peregrinación de la fe', en la cual es maestra incomparable" (Juan Pablo II, RVM 14).

Y en otra parte insiste el Espíritu de Dios sobre el camino que debemos tomar en estos tiempos: "Contemplar el Rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el programa que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización... Presentando a la Santísima Virgen como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo" (Juan Pablo II, EE 6, 53).
Podemos decir que si contemplamos el Rostro de Cristo (que también es el Rostro del Padre y su Espíritu) con María, y si hacemos el Santo Rosario con Ella, por este hecho debemos considerar que estamos en su Escuela. Mas para orar, contemplar y meditar por, con y en María Santísima es necesario estar consagrados a Ella.

2. He aquí querido hermano una breve consagración que podemos hacer poniendo en ella todo nuestro fervor y nuestro ser:

YO SOY TODO VUESTRO

AMOROSÍSIMO DIOS UNO Y TRINO:
VOS SOIS EL PRIMER CONSAGRADO AL INMACULADO CORAZÓN
DE MARÍA SANTÍSIMA.
PUES DICE LA SAGRADA ESCRITURA:
"MI AMADO ES MÍO Y YO DE MI AMADO" (Ct 2, 16).
OS SUPLICAMOS, OH SEÑOR, SER IGUALMENTE CONSAGRADOS
A VUESTRA AMADA CON Y EN VOS,
DE MANERA TOTAL, COMPLETA Y ABSOLUTA,
ASÍ COMO VOS LE PERTENECÉIS.
PARA PROCLAMAR EN ESPÍRITU Y VERDAD:
¡YO SOY TODO VUESTRO CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA SANTÍSIMA!
AMÉN.

 

El amor del padre permanece en nuestro corazon

lunes, 27 de julio del 2009 a las 10:57

(Lc 15, 12-24)

Les invito a reflexionar la sobre la fuerza que tiene el amor para cambiar el corazón. El hijo menor se había marchado dejando una cruz pesadísima sobre los hombros de su padre. El abandono del padre marca el inicio de su perdición. Aún así, pienso que el hijo menor se había alejado de la casa, pero el amor de su padre le había seguido; restos de ese amor permanecían aún en el corazón del hijo. Ahora, sumido en la más terrible soledad, y saturado de una experiencia dolorosa, reflexiona, busca dentro de sí y descubre, entre cenizas, ese misterioso y mágico amor y se encuentra con el para así terminar regresando a la casa paterna. Aunque la motivación inicial fuese la búsqueda de su propio provecho, fue la añoranza del amor del Padre, fue el recuerdo de su amor por el que comenzó el retorno, el regreso a sí mismo y el reencuentro con su padre. El recuerdo del padre y de su amor señala el comienzo de la recuperación del hijo, que se hallaba perdido.

La parábola expresa este filón, diciendo: "Entonces recapacitó, volvió en sí y dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!"(v. 17). "Recapacitó". ¡Qué actitud tan preciosa había adquirido al lado de su padre! Ahora ella le ayuda a encontrarse con su padre en su corazón. No han sido sus pecados, los que le llevan nuevamente al padre, es ese maravilloso amor que vivió a su lado el que le hace descubrir que su padre ha sido incapaz de abandonarlo. Conoce a su padre y sabe de su amor tan grande. El recuerdo de la casa paterna y la seguridad en el amor del padre le hacen concebir esa maravillosa expresión: "me levantaré iré a mi padre y le diré: he pecado contra el cielo y contra ti" (v.19). Es esta la palanca que lo saca del fondo a donde había caído y le pone en camino hacia el padre. La libertad sin control, el dinero, la abundancia, algunas amistades nos debilitan y nos pueden llevar hasta la muerte, pero siempre está el amor de nuestro Padre Dios esperándonos para redimirnos. Solo hace falta decidirse, levantarse y ponerse en camino hacia la casa del Padre para recibir el don de su amor. Es este el regalo de la conversión que, aceptado amorosamente, nos hace decidirnos a regresar al Padre.

Veamos los tres hacia fuera que aparecen en la conversión del hijo menor, obra, claro está y no hace falta que lo diga la parábola, del amor, del Espíritu Santo. Aparecen tres aspectos bien diferenciados entre sí. El muchacho: 1° sintió necesidad, o hambre, como dicen otras traducciones; 2° recapacitó, entró dentro de sí, volvió en sí; 3° se puso en camino hacia el Padre.

Sintió necesidad, sintió hambre, es decir, siente en su interior el vacío, el tedio de la vida, el fracaso y la decepción por los placeres que ha vivido, la fuerte soledad que ha producido en su corazón esa abundancia de posesiones sin objetivos, en una palabra, la ausencia del amor, la falta del padre. El hambre le lleva a pensar en los bienes abundantes que hay en su casa, en la generosidad de su padre. El hambre le lleva a pensar en su padre amoroso. El hombre 75odificar75, solitario, sin relaciones personales de amor, vive una trágica distancia de su verdad. Por eso, Dios viene corriendo a su encuentro y, el que estaba "en un país lejano", el que estaba lejos, se dejó encontrar de su Padre Dios. En cambo los suyos, los de su casa no lo han recibido (cf. Jn 1,11).

Recapacitó, volvió en sí. Veo aquí el momento focal de su conversión. Es este el momento en que, empujado por la soledad, por la lejanía que vivía, por el vacío de amor que tenía, sintió necesidad de que alguien se preocupase por él; logró entrar dentro de sí y descubrir en su interior nostalgia de su padre, indicios de esa felicidad que no le habían proporcionado la abundancia de cosas, de placeres, de independencia. Se ha creado en su interior un vacío, dejado por los bienes perdidos. Este vacío, que hay en su corazón, favorece el deseo de entrar en sí mismo. Se había perdido en las cosas, abandonando las relaciones personales de amor, se había despersonalizado, no había amado a su padre, ni a su hermano.. Pero ahora, vuelve en sí mismo, entra en su interior. Es este el momento grande de la acción del Espíritu Santo en aquel corazón. El muchacho aprovechó ese momento y miró hacia dentro. Allí descubre, casi apagados, restos del amor de su padre; aún palpitan en su corazón residuos de ese prodigioso y extraordinario cariño y ternura paternales.

Notemos la magnífica expresión que hace entrar al muchacho dentro de sí y descubrir allí el gran amor de su Padre. Dice el texto que el hijo menor finalmente recapacitó. Quiere decir que hasta ese momento el muchacho había actuado con una superficialidad pavorosa que le llevó de ser hijo hasta convertirse en esclavo. La posesión indiscriminada de cosas nos impide detenernos, entrar en nuestro interior, descubrir que somos hijos, no nos deja revivir esos momentos fuertes de experiencia de Dios, de experiencia afectiva fraterna, que hemos experimentado en ciertos momentos altos de nuestra vida.

Finalmente recapacitó, entró dentro de sí; finalmente, sin ser poseído ya por las cosas, logró pensar; finalmente logró descubrir su condición de hijo; finalmente descubrió en un rincón de su corazón el amor que su padre había depositado allí; finalmente descubrió la calidad de padre que tenía y, sobre todo, el gran amor que le regalaba; finalmente descubre que, alejado del Padre, no existe más que la esclavitud; finalmente siente una fuerza extraordinaria que le hace lanzarse hacia su Padre, correr en su búsqueda, quiere ahora sí dejarse amar por él; finalmente se da cuenta que siendo su yo el centro de su vida se destruye; finalmente descubre la necesidad de libertad y esta se encuentra sólo al calor de su Padre, junto a el; finalmente descubrió en su corazón rescoldos del amor del padre, los revivió y así se lanzó a buscar el amor reconstructor de su padre.

Reconocer el fracaso significa renunciar a un nuevo intento de hacer la propia voluntad, de decidir según el propio yo, siguiendo los propios razonamientos. Por eso, al entrar en sí mismo como el hijo pródigo, se sienten los gemidos inefables del Espíritu que grita en nosotros: ¡Abbà, Padre! (Gal. 4,6).Cómo nos hace falta oírlos con más frecuencia.

Hoy vivimos momentos de esclavitud, de ausencia del Padre Dios en nuestro corazón. Nos encontramos con una especie de fase 75erminal de muchas aspiraciones del hombre que ha sido esclavizado por sus pasiones, por la avidez de dinero, de placer, de poder, de violencia, de secularización. Como el hijo pródigo, también nosotros nos hemos aturdido y perdido en nuestra esclavitud. Ojalá descubramos también, que nuestra relación con Dios no nos lleva a unan esclavitud sino que es nuestra liberación; ojalá descubramos que Dios es mi Padre auténtico, que vive para amarme, perdonarme y olvidar mis felonías con él; ojalá descubra que me ha estado esperando siempre para reconstruir mi vida con su amor.

La ilusión de entrar en sí mismo

Se puede entrar en sí mismo y no encontrarse con el Padre misericordioso, sino encontrarse solo. En esta situación se puede descubrir la propia imperfección, Es esta una apariencia de humildad, se hacen propósitos. Pero ahí se esconde una gran tentación: no salir de sí mismo, quedar amarrado en el propio modo de pensar. No se ha entrado en el amor, sino que se ha quedado encerrado en sí mismo, queriendo ser él mismo quien siga decidiendo, aunque sea la santidad. Es el Yo el que hace esos propósitos, queriendo seguir gobernando desde una aparente humildad. Entrar dentro de sí mismo, quiere decir entrar en el corazón y descubrir allí el amor, encontrarse ante un Padre misericordioso que nos mira con amor perenne y que quiere que le entreguemos nuestra voluntad para que sea El quien decida en nuestra vida. No es una conversión "ética", sino "teológica"; no es estar hastiado por el mal sino ser tocado por Dios; no es una decisión personal simplemente, sino un don del encuentro con el Padre. Esto requiere dejarse amar sin tener ningún punto de apoyo en uno mismo. El Apoyo está en el Padre y es El quien nos mueve a regresar a El, a su amor.

Se puso en camino hacia el padre. Es esta la maravillosa conclusión a la que le llevó el pensamiento de su padre, la experiencia de su amor, motivado por la relación que había tenido viviendo a su lado. Logró discernir y darse cuenta que la felicidad, para la que había sido creado, no se la daban las cosas, los placeres, sino sólo el Padre con su amor. Acudir a otra criatura, cualquiera que fuese, lo único que haría sería conseguir la infelicidad o aplazar el logro de su felicidad. Es lo que había experimentado en su alejamiento del padre.

De todos modos, el hijo menor no ha llegado todavía al verdadero centro vital, al núcleo de su conversión. No ha llegado aún a reconocer al Padre, todavía es él quien da las soluciones y quien se las va a proponer al Padre. Le propondrá quedarse como siervo, pero apegado a su propio querer. Aún no ha descubierto su más profunda realidad de hijo, no se mueve todavía por el amor filial. Lo que le preocupa es la comida de la casa paterna, los criados, lo que le dirá el Padre. Todavía tiene puesta su mirada en él mismo, en sus necesidades; todavía el padre no le interesa como Padre, sino como aquel que le ayudará a salir de su miseria.

El hombre de hoy quiere quedarse como siervo, pero apegado a su propio querer, no ha descubierto la alegría de ser hijo de un Padre misericordioso, que le hace apiadarse, ser misericordioso, perdonar, destruir cualquier clase de violencia con los demás, que son sus hermanos. El hombre de hoy necesita descubrir y gustar la libertad de ser hijo de un Padre que es amor santo y fiel, necesita descubrir a Dios como su Padre, necesita sentirse amado como hijo,. Todavía piensa en un Dios que premia servicios y castiga a los desleales, pero no ha descubierto al Dios que ama gratuitamente, que perdona por puro amor, porque es Padre.

El hombre contemporáneo podrá decir: "me levantaré e iré a mi Padre", si logra convencerse del encanto que se respira junto al Padre, de la libertad que se desprende de su amor, de su misericordia. Volverá al Padre si descubre la alegría de estar con los hermanos y la belleza de ser hijo de ese Padre misericordioso.

 

El pecado

sábado, 25 de julio del 2009 a las 09:18
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La voz de la conciencia a veces nos dice lo que está bien o mal de nuestros actos, pero no siempre comprendemos qué es exactamente el pecado y por qué ofende a Dios. Entender el pecado es comprender nuestra conducta humana, y su relación con Dios; una conducta que puede contravenir a su voluntad y a sus mandamientos. En nuestra sociedad actual se tiende a ver todo como algo relativo, y que nuestros actos no tienen consecuencias. El primer efecto es una grave (muy grave) constancia en la ofensa a Dios, y ha sido tan difundido este efecto, que actualmente nuestra sociedad humana comienza a plagarse de problemas como la deshonestidad, la mentira, la deslealtad y en casos muy graves la perversión misma comienza a verse como algo "normal".

Comprender qué es el pecado es importante porque nos puede hacer comprender mejor nuestra relación con Dios y los efectos de nuestras acciones.

Ser católicos cabales significa comprender lo bueno y malo de nuestros actos. Los católicos debemos saber en qué creemos y por qué lo creemos. Este documento y los demás que integran este informe especial dará a todos una perspectiva clara de qué es el pecado y por qué hay que evitarlo.


Pero comencemos por definirlo:

El pecado dice San Agustín, es "toda palabra, acto o deseo contra la ley de Dios" (cfr. Contra Faustum I, 22 c. 27: PL 42, 418). O bien, según la definición clásica, pecado es:

a) la transgresión: es decir violación o desobediencia;

b) voluntaria: porque se trata no sólo de un acto puramente material, sino de una acción formal, advertida y consentida;

c) de la ley divina: o sea, de cualquier ley obligatoria, ya que todas reciben su fuerza de la ley eterna.


En realidad siempre la causa universal de todo pecado es el egoísmo o amor desordenado de sí mismo (cfr. S. Th., I-II, q. 84, a. 2).

Amar a alguien es desearle algún bien, pero por el pecado desea el hombre para sí mismo, desordenadamente, un bien sensible incompatible con el bien racional. Que el amor desordenado a sí mismo y a las cosas materiales es la raíz de todo pecado queda frecuentemente de manifiesto en la Sagrada Escritura (cfr. Prov. 1, 19; Eclo. 10, 9; Jue. 5, 10; 10, 4; I Sam. 25, 20; II Sam. 17, 23; I Re. 2, 40; Mt. 10, 25; etc.).


Junto a la causa universal de todo pecado, podemos distinguir otras, tanto internas como externas:


Las causas internas son las heridas que el pecado original dejó en la naturaleza humana:

1) la herida en el entendimiento: la ignorancia que nos hace desconocer la ley moral y su importancia;

2) la herida en el apetito concupiscible: la concupiscencia o rebelión de nuestra parte más baja, la carne, contra el espíritu;

3) la herida en el apetito irascible: la debilidad o dificultad en alcanzar el bien arduo, que sucumbe ante la fuerza de la tentación y es aumentada por los malos hábitos;

4) la herida en la voluntad: la malicia que busca intencionadamente el pecado, o se deja llevar por él sin oponer resistencia.


Las causas externas son:

1) el demonio, cuyo oficio propio es tentar o atraer a los hombres al mal induciéndolos a pecar. "Sed sobrios y estad en vela, porque vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros en busca de presa que devorar" (I Pe. 5, 8; cfr. también Sant. 4, 7);

2) las criaturas que, por el desorden que dejó en el alma el pecado original, en vez de conducirnos a Dios en ocasiones nos alejan de El. Pueden ser causa del pecado ya sea como ocasión de escándalo (ver 7.3.3.d), bien cooperando al mal del prójimo (ver 7.3.3.e).


El doble elemento de todo pecado: el alejamiento de Dios

Es su elemento formal y, propiamente hablando, no se da sino en el pecado mortal, que es el único en el que se realiza en toda su integridad la noción de pecado.

Al transgredir el precepto divino, el pecador percibe que se separa de Dios y, sin embargo, realiza la acción pecaminosa. No importa que no tenga la intención directa de ofender a Dios, pues basta que el pecador se de cuenta de que su acción es incompatible con la amistad divina y, a pesar de ello, la realice voluntariamente, incluso con pena y disgusto de ofender a Dios.


La conversión a las criaturas

Como se deduce de lo ya dicho, en todo pecado hay también el goce ilícito de un ser creado, contra la ley o mandato de Dios. Casi siempre es esto precisamente lo que busca el hombre al pecar, más que pretender directamente ofender a Dios: deslumbrado por la momentánea felicidad que le ofrece el pecado, lo toma como un verdadero bien, como algo que le conviene, sin admitir que se trata sólo de un bien aparente que, apenas gustado, dejar en su alma la amargura del remordimiento y de la decepción.

 

Carta a los amigos de la Cruz

sábado, 25 de julio del 2009 a las 08:41

Por San Luis Maria Grignion de Monfort

[1] Ya que la divina Cruz me tiene escondido y me prohíbe hablar, no me es posible -y tampoco lo deseo- hablaros, para manifestaros los sentimientos de mi corazón sobre la excelencia de la Cruz y las prácticas santas que os permitan uniros en la Cruz adorable de Jesucristo.

Sin embargo, hoy, el día último de mi retiro, salgo, por así decirlo, del encanto de mi interior, y trazo sobre este papel algunos breves dardos de la Cruz, para que atraviesen vuestros benditos corazones. Dios quisiera hacerlos penetrantes no con la tinta de mi pluma, sino con la sangre de mis venas. Pero, ay, aunque ella fuera necesaria, es demasiado criminal. Sea, pues, el Espíritu del Dios viviente la vida, la fuerza y la esencia de esta carta. Sea su unción santa su tinta. Sea mi pluma la divina Cruz, y sean el papel vuestros corazones.
[I.- Excelencia de la unión de los Amigos de la Cruz]


Amigos de la Cruz, estáis profundamente unidos, como otros tantos soldados crucificados, para combatir el mundo (+Gál 6,14). No huís vosotros de él, como los religiosos y religiosas, por temor a ser vencidos, sino que, como valerosos y bravos guerreros, avanzáis en el campo de batalla, sin retroceder un paso y sin volver la espalda. ¡Animo! ¡Combatid con valentía!

Uníos fuertemente, y vuestra unidad de espíritus y corazones será infinitamente más fuerte y más terrible contra el mundo y el infierno, que lo que pueda ser el ejército de un reino bien unido contra los enemigos del Estado. Si los demonios se unen para perderos, uníos vosotros para espantarlos. Si los avaros se unen para traficar y ganar oro y plata, unid vuestros esfuerzos para ganar los tesoros eternos, contenidos en la Cruz. Si los libertinos se unen para divertirse, uníos vosotros para sufrir.

[A. Grandeza del nombre de Amigos de la Cruz]

[3] Os llamáis Amigos de la Cruz. ¡Qué nombre tan grande! A mí me encanta y me deslumbra. Es más brillante que el sol, más alto que los cielos, más glorioso y solemne que los títulos más formidables de reyes y emperadores. Es el nombre sublime de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre al mismo tiempo. Es el nombre inconfundible del cristiano.

[4] Pero si su resplandor me deslumbra, no es menos cierto que su peso me espanta. Cuántas obligaciones inexcusables y difíciles se encierran en ese nombre, según el mismo Espíritu Santo lo declara: «linaje elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido» (1Pe 2,9).

Un Amigo de la Cruz es un hombre elegido por Dios entre los diez mil que viven según el sentido y la sola razón, para ser un hombre totalmente divino, que va más allá de la razón, y que se opone tajantemente a la mera inclinación sensible por una vida y una luz de pura fe y de amor ardiente a la Cruz.

Un Amigo de la Cruz es un rey omnipotente, es un héroe que triunfa sobre el demonio, el mundo y la carne en sus tres concupiscencias (+1Jn 2,16). Al amar las humillaciones, espanta el orgullo de Satanás. Al amar la pobreza, vence la avaricia del mundo. Al amar el dolor, mata la sensualidad de la carne.

Un Amigo de la Cruz es un hombre santo y separado de todo lo visible, cuyo corazón se eleva por encima de todo lo caduco y perecedero, y cuya conversación está en los cielos (Flp 3,20). Pasa por esta tierra como un extranjero y un peregrino, sin apegarse a ella, con indiferencia, y la pisa con menosprecio.

Un Amigo de la Cruz es una excelente conquista de Jesucristo, crucificado en el Calvario, en unión de su santa Madre. Es un Ben-Oni, hijo del dolor, o un Ben-Ja-mín, hijo de la diestra [o Buenaventura: Gén 35,8], nacido de su corazón dolorido, venido al mundo a través de su costado traspasado, y vestido en la púrpura de su sangre. Marcado por su origen sangriento, no respira sino cruz, sangre y muerte al mundo, a la carne y al pecado, y vive aquí abajo oculto en Dios por Jesucristo (Rm 6,11; +1 Pe 2,24).

En fin, un perfecto Amigo de la Cruz es un verdadero porta-Cristo, o mejor, un Jesucristo, que puede decir con toda verdad: «ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

[5] Mis queridos Amigos de la Cruz, ¿sois vosotros por vuestras acciones lo que significa vuestro grandioso nombre? ¿O al menos tenéis un auténtico deseo y una verdadera voluntad de venir a serlo, con la gracia de Dios, a la sombra de la Cruz del Calvario y de Nuestra Señora de los Dolores? ¿Usáis los medios necesarios para conseguirlo? ¿Habéis entrado en el verdadero camino de la vida (Prov 6,23; 10,17; Jer 21,8), que es la vía estrecha y espinosa del Calvario? ¿O es que camináis, sin daros cuenta, por el camino ancho del mundo, que conduce a la perdición (Mt 7,13-14)? ¿Ya sabéis que existe una vía que parece derecha y segura para el hombre, pero que lleva a la muerte (Prov 14,12)?

[6] ¿Sabéis distinguir bien entre la voz de Dios y de su gracia, y la voz del mundo y de la naturaleza? ¿Escucháis claramente la voz de Dios, nuestro Padre bueno, que, después de haber maldecido tres veces a cuantos siguen los deseos del mundo, «¡ay, ay, ay de los habitantes de la tierra!» (Ap 8,13), os llama con todo amor, tendiéndoos los brazos, «¡apartáos, pueblo mío!» (Núm 16,21; Is 52,11; Ap 18,4), pueblo mío elegido, queridos Amigos de la Cruz de mi Hijo; apartáos de los mundanos, que han sido maldecidos por mi Majestad, excomulgados por mi Hijo (+Jn 17,9), y condenados por mi Espíritu Santo (+16,8-11)?

¡Cuidado con sentaros en su pestilente cátedra! ¡No acudáis a sus reuniones! ¡No vayáis por sus caminos (Sal 1,1)! ¡Huid de la inmensa e infame Babilonia (Is 48,20; Jer 50,8; 51,6.9.45; Ap 18,4)! ¡No escuchéis otra voz ni sigáis otras huellas que las de mi Hijo bienamado! Yo os lo di para que sea vuestro camino, vuestra verdad, vuestra vida y vuestro modelo: «escu-chadle» (Mt 17,5; 2Pe 1,17).

¿Escucháis a este amable Jesús? Cargado con su Cruz, os grita: ¡«venid detrás de mí» (Mt 4,19), y seguidme, que «quien me sigue no anda en tinieblas» (Jn 8,12)! «¡Animo!: yo he vencido al mundo» (16,33).

[B. Los dos bandos]

[7] Queridos cofrades, ahí tenéis los dos bandos con los que a diario nos encontramos: el de Jesucristo y el del mundo (Jn 15,19; 17,14.16).

A la derecha, el de nuestro amado Salvador (+Mt 25,33). Sube por un camino que, por la corrupción del mundo, es más estrecho y angosto que nunca. Este Maestro bueno va delante, descalzo, la cabeza coronada de espinas, el cuerpo completamente ensangrentado, y cargado con una pesada Cruz. Sólo le siguen una pocas personas, si bien son las más valientes, sea porque no se oye su voz suave en medio del tumulto del mundo, o sea porque falta el valor necesario para seguirle en su pobreza, en sus dolores, en sus humillaciones y en sus otras cruces, que es preciso llevar para servirle todos los días de la vida (+Lc 9,23).

[8] A la izquierda (+Mt 25,33), el bando del mundo o del demonio. Es el más numeroso, y el más espléndido y brillante, al menos en apariencia. Allí corre todo lo más selecto del mundo. Se apretujan, y eso que los caminos son anchos, y que están más ensanchados que nunca por la muchedumbre que, como un torrente, los recorre. Están sembrados de flores, llenos de placeres y juegos, cubiertos de oro y plata (7,13-14).

[9] A la derecha, el pequeño rebaño (Lc 12,32) que sigue a Jesucristo sólo sabe de lágrimas y penitencias, oraciones y desprecios del mundo. Entre sollozos, se oye una y otra vez: «suframos, lloremos, ayunemos, oremos, ocultémonos, humillémonos, empo-brezcámonos, mortifiquémonos (+Jn 16,20). Pues el que no tiene el espíritu de Jesucristo, que es un espíritu de cruz, no es de Cristo (Rm 8,9), ya que los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus concupiscencias (Gál 5,24). O nos configuramos como imagen viva de Jesucristo (Rm 8,29) o nos condenamos. ¡Animo!, gritan, ¡valor! Si Dios está por nosotros, en nosotros y delante de nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (8,31). El que está con nosotros es más fuerte que el que está en el mundo (1Jn 4,4). No es mayor el siervo que su señor (Jn 13,16; 15,20). Un instante de ligera tribulación produce un peso eterno de gloria (2Cor 4,17). El número de los elegidos es menor de lo que se piensa (Mt 20,16). Sólo los valientes y esforzados arrebatan el cielo por la fuerza (Mt 11,12). Nadie será coronado sino aquél que haya combatido legítimamente según el Evangelio (2Tim 2,5), y no según el mundo. ¡Luchemos, pues, con todo valor!».

Éstas son algunas de las palabras divinas con las que los Amigos de la Cruz se animan mutuamente.

[10] Los mundanos, por el contrario, para animarse a perseverar en su malicia sin escrúpulo, claman todos los días: «¡Vivir, vivir! ¡Paz, paz! ¡Alegría, alegría! ¡Comamos, bebamos, cantemos, dancemos, juguemos! Dios es bueno, Dios no nos ha creado para condenarnos. Dios no prohíbe las diversiones; no vamos a ser condenados por eso. ¡Fuera escrúpulos! ¡"No moriréis" (Gén 3,4)»!

[11] Acordáos, mis queridos cofrades, de que nuestro buen Jesús os está mirando ahora, y os dice a cada uno en particular: «Ya ves que casi toda la gente me abandona en el camino real de la Cruz. Los idólatras, cegados, se burlan de mi Cruz como de una locura; los judíos, en su obstinación, se escandalizan de ella (+1Cor 1,23), como si fuera un objeto de horror; los herejes la destrozan y derriban como cosa despreciable. Pero -y lo digo con lágrimas y con el corazón atravesado de dolor- mis propios hijos, criados a mis pechos e instruídos en mi escuela, los propios miembros míos que he animado con mi espíritu, me han abandonado y despreciado, haciéndose enemigos de mi Cruz (+Is 1,2; Flp 3,18). "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67). ¿También vosotros queréis abandonarme, huyendo de mi Cruz, como los mundanos, que son en esto verdaderos anticristos (1Jn 2,18)? ¿Es que queréis vosotros, para conformaros con el siglo presente (Rm 12,2), despreciar la pobreza de mi Cruz, para correr tras las riquezas; evitar el dolor de mi Cruz, para buscar los placeres; odiar las humillaciones de mi Cruz, para ambicionar los honores? En apariencia, tengo yo muchos amigos, que aseguran amarme, pero que, en el fondo, me odian, porque no aman mi Cruz; tengo muchos amigos de mi mesa, y muy pocos de mi Cruz» [Imitación de Cristo II, 11,1].

[12] Ante esta llamada de Jesús tan amorosa, elevémonos por encima de nosotros mismos, y no nos dejemos seducir por nuestros sentidos, como Eva (+Gén 3,6). Miremos solamente al autor y consumador de nuestra fe, Jesús crucificado (Heb 12,2). Huyamos la depravada concupiscencia de este mundo corrompido (2Pe 1,4). Amemos a Jesucristo de la manera más alta, es decir, a través de toda clase de cruces. Meditemos bien las admirables palabras de nuestro amado Maestro, que sintetizan toda la perfección de la vida cristiana: «Si alguno quiere venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga» (Mt 16,24).
[II. Prácticas de la perfección cristiana]


[13] Toda la perfección cristiana, en efecto, consiste en:

1º querer ser santo: el que quiera venirse conmigo,

2º abnegarse: que se niegue a sí mismo,

3º padecer: que cargue con su cruz,

4º obrar: y que me siga.

[A. «Si alguno quiere venirse conmigo»]

[14] Si alguno quiere: y no algunos, se refiere al reducido número de los elegidos (+Mt 20,16), que quieren configurarse a Jesucristo crucificado, llevando su cruz. Es un número tan pequeño, tan reducido, que si lo conociéramos, quedaríamos pasmados de dolor.

Es tan pequeño que apenas si hay uno por cada diez mil. Así fue revelado a varios santos, como a San Simeón Estilita, según refiere el santo abad Nilo, después de San Efrén, San Basilio y varios otros. Es tan reducido que, si Dios quisiera reunirlos, tendría que gritarles, como otra vez lo hizo un profeta: «¡congregáos uno a uno!» (Is 27,12), uno de esta provincia, otro de aquel reino.

[15] Si alguno quiere: aquel que tenga una voluntad sincera, una voluntad firme y determinada, no ya por naturaleza, costumbre o amor propio, por interés o respeto humano, sino por una gracia victoriosa del Espíritu Santo, que no a todo el mundo se da: «no a todos ha sido dado a conocer el misterio» (Mt 13,11). De hecho, el conocimiento del misterio de la Cruz ha sido dado a unas pocas personas. Para que un hombre suba al Calvario y se deje crucificar con Jesús, en medio de su propia gente, es necesario que sea un valiente, un héroe, un decidido, un discípulo de Dios, que pisotee el mundo y el infierno, su cuerpo y su propia voluntad; un hombre resuelto a dejarlo todo, a emprender todo lo que sea y a sufrirlo todo por Jesucristo.

Sabedlo bien, queridos Amigos de la Cruz: aquellos de entre vosotros que no tengan esta determinación andan sólo con un pie, vuelan sólo con un ala, y no son dignos de estar entre vosotros, porque no merecen llamarse Amigos de la Cruz, a la que hay que amar, como Jesucristo, «con un corazón generoso y de buena gana» (2Mac 1,3). Basta una voluntad a medias para contagiar, como una oveja sarnosa, a todo el rebaño. Si una de éstas hubiera entrado en vuestro redil por la puerta falsa del mundo, en el nombre de Jesucristo crucificado, echadla fuera, pues es un lobo en medio de las ovejas (Mt 7,15).

[16] Si alguno quiere venirse conmigo, que tanto me humillé (+Flp 2,6-8) y que me anonadé tanto que llegué a «parecer un gusano, y no un hombre» (Sal 21,7); conmigo, que no vine al mundo sino para abrazar la Cruz -«aquí estoy» (Sal 39,8; Heb 10,7-9)-; para alzarla en medio de mi corazón -«en las entrañas» (Sal 39,9)-; para amarla desde joven -«la quise desde muchacho» (Sab 8,2)-; para suspirar por ella toda mi vida -«¡cómo la ansío!» (Lc 12,50)-; para llevarla con alegría, prefiriéndola a todos los goces y delicias del cielo y de la tierra -«en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz» (Heb 12,2)-; conmigo, en fin, que no hallé la plena alegría hasta morir en sus divinos brazos.

[B. «Que se niegue a sí mismo»]

[17] El que quiera, pues, venirse conmigo, así anonadado y crucificado, debe, a imitación de mí, no gloriarse sino en la pobreza, en las humillaciones y en los sufrimientos de mi Cruz: «que se niegue a sí mismo».

¡Lejos de los Amigos de la Cruz esos que sufren con orgullo, esos sabios según el siglo, esos grandes genios y espíritus fuertes, que están rellenos e hinchados con sus propias luces y talentos! ¡Lejos de aquí esos grandes charlatanes, que hacen mucho ruido y que no dan más fruto que el de su vanidad! ¡Lejos de aquí los devotos soberbios, que hacen resonar en todas partes aquel «no soy como los demás» del orgulloso Lucifer (Lc 18,11); que no aguantan que les censuren, sin excusarse; que los ataquen, sin defenderse; que los humillen, sin ensalzarse!

Tened mucho cuidado para no admitir en vuestra compañía a estos hombres delicados y sensuales, que se duelen de la menor molestia, que gritan y se quejan por el menor dolor, que jamás han conocido la cadenilla, el cilicio y la disciplina, ni otro instrumento alguno de penitencia, y que unen a sus devociones -aquellas que están de moda- una sensualidad y una inmortificación sumamente encubiertas y refinadas.

[C. «Que cargue con su cruz»]

[18] «Que cargue con su cruz», con la suya propia. Que ese tal, que ese hombre, esa mujer excepcional -«toda la tierra, de un extremo al otro, no alcanzaría a pagarle» (Prov 31,10]-, tome con alegría, abrace con entusiasmo y lleve sobre sus hombros con valentía su cruz, y no la de otro; -su propia cruz, aquélla que con mi sabiduría le he hecho, en número, peso y medida exactos (+Sab 11,21]; -su cruz, cuyas cuatro dimensiones, espesor y longitud, anchura y profundidad, tracé yo por mi propia mano con toda exactitud; -su cruz, la que le he fabricado con un trozo de la que llevé sobre el Calvario, como expresión del amor infinito que le tengo; -su cruz, que es el mayor regalo que puedo yo hacer a mis elegidos en esta tierra; -su cruz, formada en su espesor por la pérdida de bienes, humillaciones y desprecios, dolores, enfermedades y penas espirituales, que, por mi providencia, habrán de sobrevenirle cada día hasta la muerte; -su cruz, formada en su longitud por una cierta duración de meses o días en los que habrá de verse abrumado por la calumnia, postrado en el lecho, reducido a la mendicidad, víctima de tentaciones, sequedades, abandonos y otras penas espirituales; -su cruz, constituída en su anchura por todas las circunstancias más duras y amargas, unas veces por parte de sus amigos, otras por los domésticos o los familiares; su cruz, en fin, compuesta en su profundidad por las aflicciones más ocultas que yo mismo le infligiré, sin que pueda hallar consuelo en las criaturas, pues éstas, por orden mía, le volverán la espalda y se unirán a mí para hacerle padecer.

[19] «Que la cargue», que la cargue: no que la arrastre, ni que la rechace o la recorte o la oculte. Es decir, que la lleve en lo alto de la mano, sin impaciencia ni tristeza, sin quejas ni murmuraciones voluntarias, sin componendas ni miramientos naturales, y sin sentir por ello vergüenza alguna o respetos humanos.

«Que la cargue», es decir, que la lleve marcada en su frente, diciendo aquello de San Pablo: «en cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14], mi Maestro.

Que la lleve sobre sus hombros, a ejemplo de Jesucristo, para que la cruz venga a ser el arma de sus conquistas y el cetro de su imperio (Is 9,6-7].

En fin, que él la grabe en su corazón por el amor, para transformarla así en zarza ardiente, que día y noche se abrase en el puro amor de Dios, sin consumirse (+Ex 3,2].

[20] «La cruz». Que cargue con la cruz, pues nada hay tan necesario, nada tan útil, tan dulce ni tan glorioso, como padecer algo por Jesucristo (+Hch 5,41].

[1. Nada tan necesario]

[Para los pecadores]

[21] En realidad, queridos Amigos de la Cruz, todos sois pecadores. Entre vosotros no hay ninguno que no merezca el infierno (+Prov 24,16; 1Jn 1,10] -y yo más que ninguno-. Pues bien, es necesario que nuestros pecados sean castigados en este mundo o en el otro.

Si Dios, de acuerdo con nosotros, los castiga en éste, el castigo será amoroso: la misericordia, que reina en este mundo, será quien castigue, y no la rigurosa justicia; será, pues, un castigo suave y pasajero, acompañado de consolaciones y méritos, y seguido de recompensas en el tiempo y la eternidad.

(22] Pero si el castigo necesario a los pecados que hemos cometido queda reservado para el otro mundo, será entonces la justicia implacable de Dios, que todo lo lleva a sangre y fuego, la que ejecute la condena. Castigo espantoso (+Heb 10,31], indecible, incomprensible: «¿quién conoce la vehemencia de tu ira?» (Sal 89,11]; castigo sin misericordia (Sant 2,13], sin mitigación, sin méritos, sin límite y sin fin. Sí, no tendrá fin: ese pecado mortal de un momento que cometisteis; ese mal pensamiento voluntario que escapó a vuestro cuidado; esa palabra que se llevó el viento; esa acción diminuta que violentó la ley de Dios, tan breve, serán castigados eternamente, mientra Dios sea Dios, con los demonios en el infierno, sin que ese Dios de las venganzas se apiade de vuestros espantosos tormentos, de vuestros sollozos y lágrimas, capaces de hendir las rocas. ¡Padecer eternamente, sin mérito alguno, sin misericordia y sin fin!

[23] Queridos hermanos y hermanas míos, ¿pensamos en esto cuando padecemos alguna pena en este mundo? ¡Qué felices somos de hacer un cambio tan dichoso, una pena eterna e infructuosa por otra pasajera y meritoria, llevando esta cruz con paciencia! ¡Cuántas deudas nos quedan por pagar! ¡Cuántos pecados cometidos! Para expiar por ellos, aun después de una contrición amarga y de una confesión sincera, será necesario que suframos en el purgatorio durante siglos enteros, por habernos contentado en este mundo con algunas penitencias tan ligeras! ¡Ah! Cancelemos, pues, nuestras deudas por las buenas en este mundo, llevando bien nuestra cruz. En el otro, todo habrá de ser pagado por las malas, hasta el último céntimo (Mt 5,26], hasta una palabra ociosa (12,36). Si lográramos arrancar de las manos del demonio el libro de la muerte (+Col 2,14), donde ha señalado todos nuestros pecados y la pena que les es debida, ¡qué debe tan enorme encontraríamos! ¡Y qué felices nos veríamos de sufrir años enteros aquí abajo, con tal de no sufrir un solo día en la otra vida!

[Para los amigos de Dios]

¿No os preciáis, mis amigos de la Cruz, de ser amigos de Dios o de querer llegar a serlo? Decidíos, pues, a beber el cáliz que hay que apurar necesariamente para ser hecho amigo de Dios: «bebieron el cáliz del Señor y llegaron a ser amigos de Dios» [Breviario antiguo]. Benjamín, el preferido, halló la copa, mientras que sus hermanos sólo hallaron trigo (Gén 44,1-12). El predilecto de Jesucristo poseyó su corazón, subió al Calvario y bebió en su cáliz: «¿podéis beber el cáliz?» (Mt 20,22). Excelente cosa es anhelar la gloria de Dios; pero desearla y pedirla sin resolverse a padecerlo todo es una locura y una petición insensata: «no sabéis lo que pedís» (ib.)... «Es necesario pasar por muchas tribulaciones» (Hch 14,22)... Sí, es una necesidad, es algo indispensable: hemos de entrar en el reino de los cielos a través de muchas tribulaciones y cruces.

[Para los hijos de Dios]

[25] Os gloriáis con toda razón de ser hijos de Dios. Gloriáos, pues, también de los azotes que este Padre bondadoso os ha dado y os dará más adelante, pues el castiga a todos sus hijos (Prov 3,11-12; Heb 12,5-8; Ap 3,19). Si no fuérais del número de sus hijos amados -¡qué desgracia, qué maldición!-, seríais del número de los condenados, como dice San Agustín: «quien no llora en este mundo, como peregrino y extranjero, no puede alegrarse en el otro como ciudadano del cielo». Si Dios Padre no os envía de vez en cuando alguna cruz señalada, es que ya no se cuida de vosotros: está enfadado con vosotros, y os considera como extraños y ajenos a su casa y su protección; os mira como hijos bastardos, que no merecen tener parte en la herencia de su padre, ni son dignos tampoco de sus cuidados y correcciones (+Heb 12,7-8).

[Para los discípulos de un Dios crucificado]

Amigos de la Cruz, discípulos de un Dios crucificado: el misterio de la Cruz es un misterio ignorado por los gentiles, rechazado por los judíos (1Cor 1,23), y despreciado por los herejes y los malos católicos; pero es el gran misterio que habéis de aprender en la práctica de la escuela de Jesucristo, y que sólamente en su escuela lo podéis aprender. En vano buscaréis en todas las escuelas de la antigüedad algún filósofo que lo haya enseñado. En vano consultaréis la luz de los sentidos y de la razón: sólamente Jesucristo puede enseñaros y haceros gustar este misterio por su gracia victoriosa.

Adiestráos, pues, en este ciencia sublime bajo la guía de un Maestro tan excelente, y poseeréis todas las demás ciencias, pues ésta las contiene a todas en grado eminente. Ella es nuestra filosofía natural y sobrenatural, nuestra teología divina y misteriosa, nuestra piedra filosofal que, por medio de la paciencia, cambia los metales más groseros en preciosos, los dolores más agudos en delicias, la pobreza en riqueza, las humillaciones más graves en gloria. Aquel de vosotros que sabe llevar mejor su cruz, aun cuando fuere un analfabeto, es el más sabio de todos.

Escuchad al gran San Pablo, que vuelto del tercer cielo, donde aprendió misterios ocultos a los mismos ángeles, asegura que no sabe ni quiere saber otra cosa que a Jesús crucificado (1Cor 2,2). Alégrate, pues, tú, pobre idiota, y tú, humilde mujer sin talento ni ciencia: si sabéis sufrir con alegría, sabéis más que cualquier doctor de la Sorbona, que no sepa sufrir tan bien como vosotros (+Mt 11,25).

[Para los miembros de Jesucristo]

[27] Sois miembros de Jesucristo (1Cor 6,15; 12,27; Ef 5,30). ¡Qué honor! Pero ¡qué necesidad hay en ello de sufrir! Si la Cabeza está coronada de espinas (Mt 27,29) ¿estarán los miembros coronados de rosas? Si la Cabeza es escarnecida y cubierta de barro en el camino del Calvario ¿se verán los miembros cubiertos de perfumes sobre un trono? Si la Cabeza no tiene dónde reposar (8,20), ¿descansarán los miembros entre plumas y edredones? Sería una mostruosidad inaudita. No, no, mis queridos Compañeros de la Cruz, no os engañéis: esos cristianos que veis por todas partes, vestidos a la moda, en extremo delicados, altivos y engreídos hasta el exceso, no son verdaderos discípulos de Jesús crucificado. Y si pensárais de otro modo, ofenderíais a esa Cabeza coronada de espinas y a la verdad del Evangelio. ¡Ay, Dios mío, cuántas caricaturas de cristianos, que pretenden ser miembros del Salvador, son sus más alevosos perseguidores, pues mientras con la mano hacen el signo de la Cruz, son en realidad sus enemigos!

Si de verdad os guía el espíritu de Jesucristo, y si vivís la misma vida que esta Cabeza coronada de espinas, no esperéis otra cosa que espinas, azotes, clavos, en una palabra, cruz; pues es necesario que el discípulo sea tratado como el maestro y el miembro como la Cabeza (Jn 15,20). Y si el cielo os ofrece, como a Santa Catalina de Siena, una corona de espinas y otra de rosas, elegid como ella la corona de espinas, sin vacilar, y hundidla en vuestra cabeza, para asemejaros a Jesucristo [Leyenda maior 158].

[Para los templos del Espíritu Santo]

[28] Ya sabéis que sois templos vivos del Espíritu Santo (1Cor 6,19), y que como piedras vivas (1Pe 2,5), habéis de ser construídos por el Dios del amor en el templo de la Jerusalén celestial (Ap 21,2.10). Pues bien, disponéos para ser tallados, cortados y cincelados por el martillo de la cruz. De otro modo, permaneceríais como piedras toscas, que no sirven para nada, que se desprecian y se arrojan fuera. ¡Guardáos de resistir al martillo que os golpea! ¡Cuidado con oponeros al cincel que os talla y a la mano que os pule! Es posible que ese hábil y amoroso arquitecto quiera hacer de vosotros una de las piedras principales de su edificio eterno, y una de las figuras más hermosas de su reino celestial. Dejadle actuar en vosotros: él os ama, sabe lo que hace, tiene experiencia, cada uno de sus golpes son acertados y amorosos, nunca los da en falso, a no ser que vuestra falta de paciencia los haga inútiles.

[29] El Espíritu Santo compara la cruz: -unas veces a una criba que separa el buen grano de la paja y hojarasca (Is 41,16; Jer 15,7; Mt 3,12): dejáos, pues, sacudir y zarandear como el grano en la criba, sin oponer resistencia: estáis en la criba del Padre de familia, y pronto estaréis en su granero; -otras veces la compara a un fuego, que elimina el orín del hierro con la viveza de sus llamas (1Pe 1,7): en efecto, nuestro Dios es un fuego devorador (Heb 12,29), que por la cruz permanece en el alma para purificarla, sin consumirla, como aquella antigua zarza ardiente (Ex 3,2-3); -y otras veces, en fin, la compara al crisol de una fragua, donde el oro bueno se refina (Prov 17,3; Sir 2,5), y donde el falso se disipa en humo: el bueno, sufre con paciencia la prueba del fuego, mientras que el malo se eleva hecho humo contra sus llamas. Es en el crisol de la tribulación y de la tentación donde los veraderos amigos de la Cruz se purifican por su paciencia, mientras que los que son sus enemigos se desvanecen en humo (+Sal 36,20; 67,3) por su impaciencia y sus protestas.

[Hay que sufrir como los santos...]

[30] Mirad, Amigos de la Cruz, mirad delante de vosotros una inmensa nube de testigos (Heb 12,1), que demuestran sin palabras lo que os estoy diciendo. Ved al paso un Abel justo, asesinado por su hermano (Gén 4,4.8); un Abraham justo, extranjero sobre la tierra (12,1-9); un Lot justo, expulsado de su país (19,1.17); un Jacob justo, perseguido por su hermano (25,27; 27,41); un Tobías justo, afligido por la ceguera (Tob 2,9-11); un Job justo, arruinado, humillado y hecho una llaga de los pies a la cabeza (Job 1,1ss).

[31] Mirad a tantos apóstoles y mártires teñidos con su propia sangre; a tantas vírgenes y confesores empobrecidos, humillados, expulsados, despreciados, clamando a una con San Pablo: mirad a nuestro buen «Jesús, el autor y consumador de la fe» (Heb 12,2), que en él y en su cruz profesamos. Tuvo que padecer para entrar por su cruz en la gloria (Lc 24,26).

Mirad, junto a Jesús, una espada afilada que penetra hasta el fonde del corazón tierno e inocente de María (+Lc 2,35), que nunca tuvo pecado alguno, ni original ni actual. ¡Lástima que no pueda extenderme aquí sobre la Pasión de uno y de otra, para hacer ver que lo que nosotros sufrimos no es nada en comparación de lo que ellos sufrieron!

[32] Después de todo esto ¿quién de nosotros podrá eximirse de llevar su cruz? ¿Quién de nosotros no volará apresurado hacia los sitios donde sabe que la cruz le espera? ¿Quién no exclamará con San Ignacio mártir: «¡que el fuego, la horca, las bestias y los tormentos todos del demonio vengan sobre mí para que yo goce de Jesucristo!» [Romanos 5]?

[... y no como los reprobados]

[33] Pero, en fin, si no queréis sufrir con paciencia y llevar vuestra cruz con resignación, como los predestinados, tendréis que llevarla con protesta e impaciencia, como los reprobados. Así os pareceréis a aquellos dos animales que arrastraban el Arca de la Alianza mugiendo (1Re 6,12). Os asemejaréis a Simón de Cirene, quien echó mano a la Cruz misma de Jesucristo, a pesar suyo (Mt 27,32), y que no dejaba de protestar mientras la llevaba. Vendrá a sucederos, en fin, lo que al mal ladrón, que de lo alto de la cruz se precipitó al fondo de los abismos (+27,38).

No, no, esta tierra maldecida en que habitamos no cría hombres felices. No se ve claro en este país de tinieblas. No es en absoluto perfecta la tranquilidad en este mar tormentoso. Nunca faltan los combates en este lugar de tentación, que es un campo de batalla. Nadie se libra de pinchazos en esta tierra llena de espinas (Gén 3,18). Es preciso que los predestinados y los reprobados lleven su cruz, de grado o por fuerza. Tened presentes estos cuatro versos:

Elígete una cruz de las tres del Calvario;

elige con cuidado, ya que es necesario

padecer como santo y como penitente

o como réprobo que sufre eternamente.

Eso significa que si no queréis sufrir con alegría, como Jesucristo; o con paciencia, como el buen ladrón, tendréis que sufrir a pesar vuestro como el mal ladrón; habréis de apurar entonces hasta las heces el cáliz más amargo (Is 51,17), sin consolación alguna de la gracia, y llevando todo el peso de la cruz sin la poderosa ayuda de Jesucristo. Más aún, tendréis que llevar el peso fatal que añadirá el demonio a vuestra cruz, por la impaciencia a la que os arrastrará; y así, tras haber sido unos desgraciados sobre la tierra, como el mal ladrón, iréis a reuniros con él en las llamas.

[2. Nada tan útil y tan dulce]

[34] Por el contrario, si sufrís como conviene, la cruz se os hará un yugo muy suave (Mt 11,30), que Jesucristo llevará con vosotros. Vendrá a ser las dos alas del alma que se eleva al cielo; el mástil de la nave que os llevará al puerto de la salvación feliz y fácilmente.

Llevad, pues, vuestra cruz con paciencia, y por esta cruz bien llevada, os veréis iluminados en vuestras tinieblas espirituales, pues quien no ha sido probado por la tentación, nada sabe (Sir 34,9).

Llevad vuestra cruz con alegría, y os veréis abrasados en el amor divino, pues «sin cruces ni dolor, no se vive en el amor» [Imitación de Cristo III,5,7].

Sólamente se recogen rosas entre las espinas. Y sólo la cruz enciende el amor de Dios, como la leña el fuego. Recordad aquella hermosa sentencia de la Imitación: «cuanta violencia os hiciéreis sufriendo con paciencia, tanto creceréis» en el amor divino [I,25,3]. No esperéis nada grande de esas personas delicadas y perezosas, que rehuyen la cruz cuando ésta se les acerca, y que jamás por su cuenta se buscan alguna con discreción: son tierra inculta que no dará sino abrojos, porque no ha sido arada, desmenuzada y removida por el labrador experto; son agua estancada, que no sirve ni para lavar ni para beber.

Llevad vuestra cruz alegremente: encontraréis en ella una fuerza victoriosa a la que ningún enemigo vuestro podrá resistir (+Lc 21,15), y gozaréis de una dulzura encantadora, con la que nada puede compararse. Sí, Hermanos míos, sabed que el verdadero paraíso terrestre está en sufrir algo por Jesucristo (+Hch 5,41). Preguntad, si no, a todos los santos: os dirán que nunca gozaron en su espíritu de tan grandes delicias como en medio de los mayores tormentos. «¡Vengan sobre mí todos los tormentos del demonio!», decía San Ignacio mártir [Romanos 5]. «O morir o padecer», decía Santa Teresa [Vida 40,20]. «No morir, sino sufrir», decía Santa Magdalena de Pazzi. Y San Juan de la Cruz: «padecer por Vos y que yo sea menospreciado» [decl. de su hno. Francisco]. Y tantos otros hablaron este mismo lenguaje, como leemos en sus vidas.

Creed a Dios, queridos Hermanos míos: cuando se sufre por Dios alegremente, dice el Espíritu Santo, la cruz es causa de toda clase de alegrías para toda clase de personas (+Sant 1,2). La alegría de la cruz es mayor que la de un pobre a quien colman de todo género de riquezas; mayor que la de un aldeano que se ve elevado al trono; mayor que la de un comerciante que gana millones; mayor que la de un general que consigue grandes victorias; mayor que la de unos cautivos que se ven libres de sus cadenas. Imaginad, en fin, todas las mayores alegrías que puedan darse en esta tierra: pues bien, todas están contenidas y sobrepasadas por la alegría de una persona crucificada, que sabe sufrir bien.

[3. «Nada tan glorioso»]

[35] Alegraos, pues, y saltad de gozo cuando Dios os regale con alguna buena cruz, porque, sin daros cuenta, recibís lo más grande que hay en el cielo y en el mismo Dios. ¡Regalo grandioso de Dios es la cruz! Si así lo entendiérais, encargaríais celebrar misas, haríais novenas en los sepulcros de los santos, emprenderíais largas peregrinaciones, como hicieron los santos, para obtener del cielo este regalo divino.

[36] El mundo la llama locura, infamia, estupidez, indiscreción, imprudencia. Dejadles hablar a los ciegos: su ceguera, que les lleva a juzgar humanamente de la cruz muy al revés de lo que es en realidad, forma parte de nuestra gloria. Y cada vez que nos procuran algunas cruces con sus desprecios y persecuciones, nos regalan joyas, nos elevan sobre el trono, nos coronan de laureles.

[37] ¿Pero qué digo? Todas las riquezas, todos los honores, todos los cetros, todas las brillantes coronas de potentados y emperadores, como dice San Juan Crisóstomo, no son nada comparados con la gloria de la cruz [MG 62,55-58]. Ella supera la gloria del apóstol y del escritor sagrado. Este santo varón, inspirado por el Espíritu Santo, decía: «si así me fuera dado, yo dejaría el cielo con mucho gusto para padecer por el Dios del cielo. Prefiero las cárceles y mazmorras a los tronos del empíreo. Envidio menos la gloria de los serafines que las mayores cruces. Menos estimo el don de los milagros, por el que se sujeta a los demonios, se domina sobre los elementos, se detiene al sol, se da vida a los muertos, que el honor de los sufrimientos. San Pedro y San Pablo son más gloriosos en sus calabozos, con los grilletes en los pies (Hch 12,3-7), que arrebatados al tercer cielo (2Cor 12,2) o que recibiendo las llaves del paraíso (Mt 16,19)».

[38] En efecto, ¿no es la cruz la que dio a Jesucristo «un nombre sobre todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los infiernos» (Flp 2,9)? La gloria de la persona que sufre bien es tan grande, que el cielo, los ángeles y los hombres, y el mismo Dios del cielo lo contemplan con gozo, como el espectáculo más glorioso. Y si los santos tuvieran algún deseo, sería el de volver a la tierra para llevar alguna cruz.

[39] Pero si esta gloria es tan grande ya sobre la tierra ¿cómo será la que adquiere en el cielo? ¿Quién podrá explicar y comprender jamás ese «peso de gloria eterna» que obra en nosotros el breve instante de una cruz bien llevada (2Cor 4,17)? ¿Quién comprenderá la gloria que produce en el cielo un año y quizá una vida entera de cruz y de dolores?

[40] Seguramente, mis queridos Amigos de la Cruz, el cielo os prepara para algo grande -os lo dice un gran santo-, pues el Espíritu Santo os une tan estrechamente con aquello que todo el mundo rehuye con tanto cuidado. Es indudable que Dios quiere hacer tantos santos y santas cuantos Amigos de la Cruz existen, si sois fieles a vuestra vocación, si lleváis vuestra cruz como es debido, como Jesucristo la ha llevado.

[D. «Y que me siga»]

[41] Pero no basta con sufrir: también el demonio y el mundo tienen sus mártires. Es preciso que cada uno sufra y lleve su cruz siguiendo a Jesucristo: «que me siga» (Mt 16,24), es decir, llevándola como él la llevó. Y para eso habéis de guardar estas reglas:

[Las catorce reglas]

[No procurarse cruces a propósito, ni por culpa propia]

[42] 1º No os busquéis cruces a propósito ni por culpa propia. No hay que hacer el mal para que venga el bien (Rm 3,8). No conviene, sin una inspiración especial, hacer las cosas mal para atraerse el desprecio de los hombres. Hay que imitar, más bien, a Jesucristo, del que se dijo «todo lo ha hecho bien» (Mc 7,37), y no por amor propio o vanidad, sino por agradar a Dios y para ganar al prójimo. Y si os dedicáis a cumplir lo mejor que podáis vuestros deberes, nos os faltarán contradicciones, persecuciones y desprecios, pues la divina Providencia os los enviará, contra vuestra voluntad y sin que lo elijáis.

[Mirar por el bien del prójimo]

[43] 2º Si vais a hacer cualquier cosa en sí indiferente, que, aunque sea sin motivo, pudiera escandalizar al prójimo, absteneos de hacerlo por caridad, para evitar el escándalo de los débiles (+1Cor 8,13). Y el acto heroico de caridad que en esa ocasión hacéis vale infinitamente más de lo que hacías o queríais hacer.

Sin embargo, si el bien que hacéis es necesario o útil al prójimo, aunque algún fariseo o mal espíritu se escandalice sin motivo, consultad con alguien prudente para aseguraros de que lo que hacéis es necesario o muy útil al común de los prójimos; y si él así lo considera, continuad haciéndolo y dejadles murmurar, con tal de que os dejen actuar, contestando en esta ocasión aquello que respondió Nuestro Señor a algunos de sus discípulos, cuando vinieron a decirle que había escribas y fariseos que se escandalizaban de sus palabras y actos: «dejadles; están ciegos» (Mt 15,14).

[Admirar, sin pretender imitar, ciertas mortificaciones de los santos]

[44] 3º Algunos santos y varones ilustres han pedido, buscado e incluso procurado por medios ridículos cruces, desprecios y humillaciones. Pues bien, eso debe movernos a adorar y admirar la obra extraordinaria del Espíritu Santo en sus almas, y a humillarnos ante tan sublime virtud; pero no ha de llevarnos a pretender volar tan alto, pues nosotros, comparados con esas águilas veloces y esos leones rugientes, no pasamos de ser pollos mojados y perros muertos.

[Pedir a Dios la sabiduría de la cruz]

[45] 4º No obstante, podéis e incluso debéis pedir la sabiduría de la cruz, que es una ciencia sabrosa y experimental de la verdad, por la que se entienden a la luz de la fe los más ocultos misterios, entre otros el de la cruz; pero es ciencia que no se alcanza sino a través de muchos trabajos, profundas humillaciones y fervientes oraciones. Si necesitáis este espíritu generoso (Sal 50,14), que permite llevar con valor las más pesadas cruces; este espíritu bueno (Lc 11,13) y suave, que hace, en lo parte superior del alma, gustar las amarguras más repugnantes; este espíritu puro y firme (Sal 50,12), que sólamente busca a Dios; esta ciencia de la cruz, que contiene todas las verdades; en una palabra, este tesoro infinito que nos hace partícipes de la amistad de Dios (Sab 7,14), pedid la sabiduría; pedidla incesantemente, con toda insistencia, sin vacilar (Sant 1,5-6), sin temor de no alcanzarla, e infalible-mente la recibiréis. Y entonces comprenderéis claramente, por experiencia, cómo se puede llegar a desear, a buscar y a gustar la cruz.

[Humillarse por las propias faltas, pero sin turbación]

[46] 5º Cuando por ignorancia o incluso por culpa propia hayáis cometido cualquier torpeza que os acarree alguna cruz, humillaos inmediatamente bajo la mano poderosa de Dios (1Pe 5,6), sin consentir en turbaciones, diciendo interiormente, por ejemplo: «¡éstos son, Señor, los frutos de mi huerto!». Y si en vuestra falta hubiese algún pecado, aceptad como un castigo la humillación que os sobreviene. Muchas veces, permite Dios que sus mejores servidores, que son los más levantados por su gracia, cometan las faltas más humillantes para humillarlos ante sí mismos y ante los hombres, y para quitarles así la vista y la consideración orgullosa de las gracias que Él les concede y del bien que hacen, a fin de que, como dice el Espíritu Santo, «ningún mortal pueda enorgullecerse ante Dios» (1Cor 1,29).

[Dios nos humilla para purificarnos]

[47] 6º Estad bien convencidos de que todo cuanto hay en nosotros está todo corrompido por el pecado de Adán y por los pecados actuales (+Rm 3,23), y no sólo los sentidos del cuerpo, sino también las potencias del alma. Y de que desde el momento en que nuestro espíritu corrompido considera algún don de Dios en nosotros con morosidad y complacencia, ese don, esa acción, esa gracia se ensucian y corrompen, y Dios aparta de ellas su divina mirada. Y si las mismas miradas y pensamientos del espíritu humano echan así a perder las mejores acciones y los dones más divinos ¿qué diremos de los actos de la propia voluntad, que aún son más corruptos que los del entendimiento?

Después de eso, no nos extrañemos, pues, si Dios se complace en ocultar a los suyos en el asilo de su presencia (Sal 30,21), para que no se vean manchados por las miradas de los hombres ni por su propio conocimiento. Y para ocultarlos así ¡qué cosas permite y hace ese Dios celoso! ¡Cuántas humillaciones les procura! ¡De qué tentaciones permite que sean atacados, como San Pablo (+2Cor 12,7)! ¡En qué incertidumbres, tinieblas y perplejidades les deja! ¡Oh! ¡Qué admirable es Dios en sus santos, y en las vías que Él dispone para conducirles a la humildad y la santidad!

[En las cruces, evitar la trampa del orgullo]

[48] 7º Tened mucho cuidado de creer, como los devotos orgullosos y engreídos, que vuestras cruces son grandes, que no son sino pruebas de vuestra fidelidad, y testimonios de un amor singular de Dios hacia vosotros. Esta trampa del orgullo espiritual es sumamente sutil y delicada, pero está llena de veneno. Pensad más bien:

1) que vuestro orgullo y delicadeza os hacen tomar como postes lo que no son más que pajas, como heridas las picaduras, como elefantes los ratones, como atroces injurias y abandono cruel una palabrita que se lleva el viento, en realidad una nadería;

2) que las cruces que Dios os envía son más bien amorosos castigos de vuestros pecados, y no muestras de una benevolencia especial;

3) que por más cruces y humillaciones que Él os envíe, os perdona infinitamente más, dado el número y la gravedad de vuestros crímenes; pues habéis de considerar éstos a la luz de la santidad de Dios, que no soporta nada impuro, y a quien vosotros habéis ofendido; a la luz de un Dios que muere, abrumado de dolor a causa de vuestros pecados; a la luz de un infierno eterno que habéis merecido mil y quizá cien mil veces;

4) que en la paciencia con la que padecéis mezcláis lo humano y natural bastante más de lo que creéis; prueba de ello son esos miramientos, esas búsquedas secretas de consuelos, esas expansiones del corazón tan naturales con vuestros amigos, y quizá con vuestro director espiritual, esas excusas tan sutiles y prontas, esas quejas, o más bien maledicencias contra quienes os han hecho mal, tan bien formuladas, tan caritativamente expuestas, ese reconsiderar y complacerse delicadamente en vuestros males, ese convencimiento luciferino de que sois algo grande (+Hch 8,9), etc. No acabaría nunca si hubiera de describir todas las vueltas y revueltas de la naturaleza incluso en los sufrimientos.

[Aprovecharse más de los sufrimientos pequeños que de los grandes]

[49] 8º Aprovechaos de los pequeños sufrimientos aún más que de los grandes. No mira Dios tanto lo que se sufre como la manera en que se sufre. Sufrir mucho y mal es sufrimiento de condenados; sufrir mucho y con aguante, pero por una mala causa, es sufrir como mártir del demonio; sufrir poco o mucho, sufriendo por Dios, es sufrir como santo.

Si se diera el caso de que pudiéramos elegir nuestras cruces, optemos por las más pequeñas y deslucidas, frente a otras más grandes y llamativas. El orgullo natural puede pedir, buscar e incluso elegir y tomar las cruces más grandes y espectaculares. En cambio, sólo puede ser fruto de una gracia excelente y de una gran fidelidad a Dios ese elegir y llevar alegremente las cruces pequeñas y oscuras. Actuad, pues, como el comerciante en su mostrador, y sacad provecho de todo: no desperdiciéis ni la menor partícula de la verdadera Cruz, aunque sólo sea la picadura de un mosquito o de un alfiler, la dificultad de un vecino, la pequeña injuria de un desprecio, la pérdida mínima de un dinero, un ligero malestar del ánimo, un cansancio pasajero del cuerpo, un dolorcillo en uno de vuestros miembros, etc. Sacad provecho de todo, como el que atiende su comercio, y así como él se hace rico ganando centavo a centavo en su mostrador, así muy pronto vendréis vosotros a ser ricos según Dios. A la menor contrariedad que os sobrevenga, decid: «¡Bendito sea Dios! ¡Gracias, Dios mío!». Y guardad en seguida en la memoria de Dios, que viene a ser vuestra alcancía, la cruz que acabáis de ganar. Y después ya no os acordéis más de ella, si no es para decir: «¡Mil gracias, Señor!» o «¡Misericordia!»

[Amar la cruz con amor sobrenatural]

[50] 9º Cuando se os pide que améis la cruz no se está hablando de un amor sensible, que es imposible a la naturaleza.

Hay que distinguir bien entre tres clases de amor: el amor sensible, el amor racional y el amor fiel y supremo. Dicho de otro modo: el amor de la parte inferior, que es la carne; el amor de la parte superior, que es la razón; y el amor de la parte suprema o cima del alma, que es el entendimiento iluminado por la fe.

[51] Dios no os exige que améis la cruz con la voluntad de la carne (Jn 1,13). Siendo ésta completamente corrupta y criminal, todo lo que de ella nace está corrompido (3,6), y ella misma no puede por sí misma someterse a la voluntad de Dios y a su ley crucificante. Por eso Nuestro Señor, refiriéndose a ella en el Huerto de los Olivos, dice: «Padre mío, que se haga tu voluntad y no la mía» (Lc 22,42). Si la parte inferior del hombre en el mismo Jesucristo, siendo toda ella santa, no fue capaz de amar la cruz sin alguna interrupción, con más razón la nuestra, completamente corrompida, la rechazará. Es cierto que podemos experimentar a veces, como no pocos santos han experimentado, una cierta alegría sensible en nuestros sufrimientos; pero esa alegría, aunque esté en la carne, no procede de la carne; proviene de la parte superior, que está tan llena del gozo divino del Espíritu Santo que lo hace desbordar sobre la parte inferior, de modo que entonces la persona crucificada puede decir: «mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (Sal 83,3).

[52] Hay otro amor a la cruz que llamo racional; está en la parte superior, que es la razón. Este amor es completamente espiritual, y como nace del conocimiento de la felicidad que hay en sufrir por Dios, es perceptible y es percibido por el alma, a la que alegra y fortalece interiormente. Pero este amor racional, aunque bueno y muy bueno, no siempre es necesario para sufrir alegremente y según Dios.

[53] Y es que existe otro amor de la cima, del ápice del alma, como dicen los maestros de la vida espiritual -o de la inteligencia, como dicen los filósofos-. Por él, sin sentir alegría alguna en los sentidos, sin captar en el alma ningún placer razonable, sin embargo, se ama y se gusta, a la luz de la pura fe, la cruz que se lleva; y eso aunque muchas veces esté en guerra y lágrimas la parte inferior, que gime y se queja, que llora y busca alivio, de manera que dice con Jesucristo: «Padre mío, que se haga tu voluntad y no la mía» (Lc 22,42); o con la Santisima Virgen: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (1,38).

Pues bien, con uno de estos dos amores de la parte superior hemos de amar y aceptar la cruz.

[Sufrir toda clase de cruces, sin rechazar ninguna y sin elegirlas]

[54] 10º Decidíos, queridos Amigos de la Cruz, a sufrir toda clase de cruces, sin exceptuar ninguna y sin elegirlas: cualquier pobreza, cualquier injusticia, cualquier pérdida, cualquier enfermedad, cualquier humillación, cualquier contradicción, cualquier calumnia, cualquier sequedad, cualquier abandono, cualquier pena interior y exterior, diciendo siempre: «Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme» (Sal 56,8; +107,2). Disponéos, pues, a ser abandonados por los hombres y los ángeles, y hasta del mismo Dios; a ser perseguidos, envidiados, traicionados, calumniados, desprestigiados y abandonados por todos; a sufrir hambre, sed, mendicidad, desnudez, exilio, cárcel, horca y toda clase de suplicios, aunque seáis inocentes de los crímenes que se os imputan. Imaginaos, en fin, que después de haber sido despojados de vuestros bienes y de vuestro honor, después de haber sido expulsados de vuestra casa, como Job y Santa Isabel reina de Hungría, se os tira al barro, como a esta santa, o se os arrastra a un estercolero, como a Job, hediondo y cubierto de llagas (Job 2,7-8), sin que se os dé un trapo con que cubrir vuestras heridas, sin un trozo de pan, que no se niega a un caballo o a un perro, para comer, y que en medio de tales males extremos, Dios os abandona a todas las tentaciones de los demonios, sin aliviar vuestra alma con la menor consolación sensible.

Creedlo firmemente: ahí está la meta suprema de la gloria divina y de la felicidad verdadera para un verdadero y perfecto Amigo de la Cruz.

[Cuatro motivos para sufrir como se debe]

[55] 11º Para ayudaros a sufrir bien, tomad la santa costumbre de considerar estas cuatro cosas:

[1º La mirada de Dios]

En primer lugar, la mirada de Dios que, como un gran rey en lo alto de una torre, mira en el combate a su soldado, complacido y alabando su valor. ¿Qué mira Dios sobre la tierra? ¿A los reyes y emperadores en sus tronos? Con frecuencia no los mira sino con desprecio. ¿Mira las grandes victorias de los ejércitos del Estado, las piedras preciosas, en una palabra, las cosas que los hombres consideran más grandes? Lo que es más estimable a los ojos de los hombres es abominable ante Dios (Lc 16,15). ¿Qué es, pues, lo que mira con placer y gozo, y de qué pide noticias a los ángeles y a los mismos demonios? -Dios mira al hombre que por Él lucha contra la fortuna, el mundo, el infierno, y contra sí mismo, al hombre que lleva con alegría su cruz. ¿No has visto sobre la tierra una maravilla inmensa, que todo el cielo contempla con admiración?, dice el Señor a Satanás: ¿no te has fijado en mi siervo Job, que sufre por mí (Job 2,3)?

[2º La mano de Dios]

[56] En segundo lugar, considerad la mano de este Señor poderoso, que permite todo el mal que nos sobreviene de la naturaleza, desde el mayor hasta el menor. La misma mano que aniquiló un ejército de cien mil hombres (+2Re 19,35) es la que hace caer la hoja del árbol o el cabello de vuestra cabeza (+Lc 21,18). La mano que hirió tan duramente a Job (+Job 1,13-22; 2,7-10) es la misma que os roza suavemente con esa pequeña contrariedad. La misma mano que hace el día y la noche, el sol y las tinieblas, el bien y el mal, es la que permite los pecados que os inquietan: no ha causado la malicia, pero ha permitido la acción.

Por eso, cuando veáis que un Semeí os injuria y os tira piedras, como al rey David (2Re 16,5-14), decíos interiormente: «no nos venguemos de él; dejémosle actuar, pues el Señor ha dispuesto que obre así. Reconozco que yo he merecido toda clase de ultrajes, y que con toda justicia Dios me castiga. Detente, brazo mío, y tú, mi lengua: ¡no hieras, no digas nada! Este hombre o esta mujer que me dicen y hacen injurias son embajadores de Dios, que de parte de su misericordia vienen para castigarme amistosamente. No irritemos, pues, su justicia, usurpando los derechos de su venganza. Ni menospreciemos su misericordia resistiendo los amorosos golpes de sus azotes, no sea que, para vengarse, nos remita a la estricta justicia de la eternidad».

Considerad que Dios, con una mano infinitamente poderosa y prudente os sostiene, mientras os hiere con la otra. Con una mano mortifica, con la otra vivifica; humilla y enaltece (Lc 1,52). Con sus dos brazos abarca por completo vuestra vida dulce y fuertemente (Sab 8,1): dulcemente, sin permitir que seais tentados y afligidos por encima de vuestras fuerzas (1Cor 10,13); fuertemente, pues os ayuda con una gracia poderosa, que corresponde a la fuerza y duración de la tentación y de la aflicción; fuertemente, sí, porque, como lo dice por el espíritu de su santa Iglesia, Él se hace «vuestro apoyo junto al precipicio ante el que os halláis, vuestro guía si os extraviáis en el camino, vuestra sombra en el calor abrasador, vuestro vestido en la lluvia que os empapa y en el frío que os hiela, vuestro vehículo en el cansancio que os agota, vuestro socorro en la adversidad que os abruma, vuestro bastón en los pasos resbaladizos, y vuestro puerto en las tormentas que os amenazan con ruina y naufragio» [Breviario antiguo].

[3º Las llagas y los dolores de Jesús crucificado]

[57] En tercer lugar, mirad las llagas y los dolores de Jesús crucificado. Él mismo os dice: «¡vosotros, los que pasáis por el camino lleno de espinas y cruces por el que yo he pasado, mirad, fijaos! (Lam 1,12). Mirad con los ojos corporales y ved con los ojos de la contemplación si vuestra pobreza y desnudez, vuestros desprecios, dolores y abandonos, son comparables con los míos. Miradme, a mí que soy inocente, y quejaos vosotros, que sois los culpables».

El Espíritu Santo nos manda por boca de los Apóstoles esa misma mirada a Jesús crucificado (Gál 3,1); nos ordena armarnos con este pensamiento (1Pe 4,1), arma más penetrante y terrible contra todos nuestros enemigos que todas las demás armas. Cuando os veáis atacados por la pobreza, la abyección, el dolor, la tentación y las otras cruces, armaos con el pensamiento de Jesucristo crucificado, que será para vosotros escudo, coraza, casco y espada de doble filo (Ef 6,11-18). En él hallaréis la solución de todas las dificultades y la victoria sobre cualquier enemigo.

[4º Arriba, el cielo; abajo, el infierno]

[58] En cuarto lugar, mirad en el cielo la hermosa corona que os espera, si lleváis bien vuestra cruz. Ésta es la recompensa que sostuvo a los patriarcas y profetas en su fe en medio de las persecuciones; y es la que ha animado a Apóstoles y Mártires en sus trabajos y tormentos. Preferimos, dicen los patriarcas con Moisés, ser afligidos con el pueblo de Dios, para gozar eternamente con él, a disfrutar momentáneamente de un placer culpable (+Heb 11,24-26). Soportamos grandes persecuciones en espera del premio, dicen los profetas con David (+Sal 68,8; Jer 15,15). Somos por nuestro sufrimientos como víctimas condenadas a muerte, como espectáculo para el mundo, para los ángeles y los hombres, y somos como basura y anatema del mundo (1Cor 4,9.13), dicen los Apóstoles y Mártires con San Pablo, por el peso inmenso de gloria que nos prepara la momentánea y ligera tribulación (2Cor 4,17).

Contemplemos sobre nuestra cabeza a los ángeles que nos gritan: «Guardaos de perder la corona señalada con la cruz que se os ha dado, si la lleváis bien. Pues si no la lleváis como se debe, otro la llevará como conviene y os arrebatará el premio. Combatid valientemente, sufriendo con paciencia, nos dicen todos los santos, y recibiréis un reino eterno» (Mt 5,10-12; 11,12). Escuchemos, en fin, a Jesucristo, que nos dice: «no daré yo mi premio sino a quien haya sufrido y vencido por su paciencia» (Ap 2,7.11.17.26-28; 3,5.12. 21; 21,7).

Contemplemos abajo el lugar que hemos merecido, y que nos espera en el infierno con el mal ladrón y los condenados, si como ellos sufrimos con protesta, despecho y venganza. Exclamemos con San Agustín: quema, Señor, corta, poda, divide en esta vida, castigando mis pecados, con tal que me los perdones en la eternidad.

[Nunca quejarse de las criaturas]

[59] 12º Jamás os quejéis voluntariamente, murmurando de las criaturas de que Dios se sirve para afligiros. Y distinguid en las penas tres modos de quejas:

-La primera es involuntaria y natural: es la del cuerpo que gime y suspira, que se queja y llora, que se lamenta. Mientras el a

INSÓLITA CANONIZACIÓN (Cuento)

viernes, 24 de julio del 2009 a las 22:27

El viejo Santiagón tenía una casa en las afueras del pueblo, con un banco de carpintero y un colchón de virutas en el que dormía. Comer no era problema, con un poco de pan y queso se las arreglaba; el problema era beber. Porque Santiagón acababa borracho todas las tardes. Una vez hizo un negocio excepcional, cuando murió la vieja que vivía en el primer piso de la casa de enfrente de la suya. La buena mujer le encargó que distribuyera todo lo que tenía entre sus nietos y sobrinos. Santiagón lo hizo, y al final sólo quedó un gran crucifijo de madera de casi metro y medio de altura.

-¿Y qué hacemos con eso?, dijo uno de los herederos a Santiagón señalando el crucifijo.

-Yo creía que tú lo querías.

-No sabría dónde meterlo -dijo el heredero-. Mira a ver qué puedes hacer con él, parece muy antiguo...

Santiagón había visto muy pocos crucifijos en su vida, pero de cualquier manera estaba dispuesto a jurar que aquel era el más feo que había visto nunca. Se lo echó a la espalda y fue de casa en casa, pero nadie lo quería. Así que se lo quiso devolver al heredero, pero éste se lo quitó de encima diciendo:

-Quédate tú con él, yo no quiero saber nada. Si te dan algo por él mejor para ti.

Santiagón dejó el crucifijo en el taller, y en la primera ocasión en que se quedó sin un duro volvió a ir de casa en casa con el crucifijo, a ver si le daban algo por él. Entró en la taberna y lo dejó en una esquina. Al tabernero, que le pedía que le pagase todo lo que le debía, le mintió: Una señora rica me ha dado palabra de comprármelo. En cuanto cobre, te lo pago todo.

Borracho, Santiagón volvió a su casa con el crucifijo a cuestas. Y así, un día tras otro, en que iba de taberna en taberna. Hasta que, viendo que no lo vendía, se puso en camino de peregrinación a Roma con el Cristo a cuestas. Nadie le negaba un poco de pan y de vino. En un pueblo celebraban un banquete de bodas, y Santiagón se coló y se puso ciego de vino. Cuando empezó a despertar de la borrachera, salió a los caminos con el crucifijo a cuestas. Pero empezó a caer una nevada tremenda y, cuando se quiso dar cuenta, no sabía dónde estaba, se había perdido. Miró al Cristo, apoyado en una roca, y le dijo:

En menudo lío os he metido, y estáis todo desnudo, con la que está cayendo...

Se quitó el pañuelo del cuello y limpió la nieve que caía sobre el crucifijo. Luego, se quitó su tabardo y se lo puso al Cristo.

A la mañana siguiente encontraron a Santiagón, que dormía el sueño eterno, acurrucado a los pies de Cristo. Y la gente no entendía cómo era que Santiagón se había quitado su tabardo para cubrir al crucificado. El viejo cura de la aldea se estuvo largo rato mirando aquella estampa, luego hizo sepultar a Santiagón y mandó grabar sobre una piedra estas palabras: Aquí yace un cristiano y no sabemos su nombre, pero Dios lo sabe, porque está escrito en el libro de los bienaventurados...

INSÓLITA CANONIZACIÓN ó el cirineo nuestro de cada día.

Por Alessandro Gnocchi y Mario Palmaro.

"Entonces llamaron a uno que pasaba, un cierto Simón de Cirene, que venía de trabajar en el campo, padre de Alejandro y de Rufo, y le obligaron a llevar la cruz..."

Marcos 15, 21.

 

Cántico de Laudes

viernes, 24 de julio del 2009 a las 15:33
guardado en

Anuncien todos los pueblos sus maravillas
y alábenle sus elegidos en Jerusalén,
la ciudad del Santo;
por las obras de tus hijos te azotará,
pero de nuevo se compadecerá
de los hijos de los justos.

Confiesa dignamente al Señor
y bendice al rey de los siglos,
para que de nuevo sea en ti
edificado su tabernáculo con alegría,
para que alegre en ti a los cautivos
y muestre en ti su amor hacia los desdichados,
por todas las generaciones y generaciones.

Brillarás cual luz de lámpara
y todos los confines de la tierra vendrán a ti.
Pueblos numerosos vendrán de lejos
al nobre del Señor, nuestro Dios,
trayendo ofrendas en sus manos,
ofrendas para el rey del cielo.

Las generaciones del las generaciones
exultarán en ti.
y benditos para siempre todos los que te aman.

Alégrate y salta de gozo por los hijos de los justos,
que serán congregados,
y al Señor de los justos bendecirán.

Dichosos los que te aman;
en tu paz se alegrarán.
Dichosos cuantos se entristecieron por tus azotes,
pues en ti se alegrarán
contemplando toda tu gloria,
y se regocijarán para siempre.

Bendice, alma mía, al Dios, rey grande,
porque Jerusalén con safiros y esmeraldas
será reedificada,
con piedras preciosas sus muros
y con oro puro sus torres y sus almenas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

 

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